Sanitarios que hacen frente a la COVID-19 sin dejar sus estudios de la UOC

  Médicos, trabajadores sociales y psicólogos

Foto: JESHOOTS.COM / Unsplash

09/07/2020
Àngels Doñate
Médicos, trabajadores sociales y psicólogos explican que la pandemia los cogió desprevenidos, pero que la coordinación y el aprendizaje informal fueron clave

Además de enfrentarse a la COVID-19, estos profesionales han continuado el semestre como estudiantes de la UOC

Juntos, organizados y coordinados, somos capaces de hacer frente a cosas increíbles como... una pandemia. Quedan atrás los días de confinamiento y de emergencia social y sanitaria, pero no volvemos al punto de partida. Mercè Ariasol y Jose Antonio Neguillo, médicos; Aida Parellada, trabajadora social, y María del Carmen Rodríguez, psicóloga —y todos ellos, estudiantes de la UOC—, nos cuentan cómo lo han vivido, cómo han compaginado la vida familiar, laboral y académica, qué consideran que han y hemos aprendido, y qué tenemos que hacer ahora. La incertidumbre sigue siendo nuestra incómoda compañera de viaje.

 

«Nunca me había encontrado con algo similar», dice Mercè Ariasol, médica del CAP Mollet 2 y estudiante del grado de Historia del Arte, Historia y Geografía (interuniversitario: UOC, UdL). Tiene 61 años, es asmática y estuvo enferma con sintomatología leve (pérdida del olfato y del gusto y una especie de varicela). «Teletrabajé todos los días del confinamiento. Mi marido estuvo peor: tenía tos y gran postración», explica. Cuando la PCR dio negativo, le ofrecieron continuar teletrabajando. Sin embargo, «no podía quedarme en casa con ese panorama. Trabajar me ha ido muy bien para los ánimos», afirma.

«Lo viví todo con perplejidad, preocupación, sensación de pérdida de control. Parecía que todo lo que sabía no servía de nada. El propio virus provocaba cuadros clínicos muy diferentes: un paciente que llegaba al CAP por su propio pie y tenía neumonías horribles, muchos compañeros enfermos... Por la noche, teníamos que comentar el protocolo de actuación, que prácticamente cambiaba todos los días. ¡Qué sensación de descontrol!», exclama. Pero, al mismo tiempo, «nunca habíamos estado tan unidos», afirma con orgullo.

Jose Antonio Neguillo también es médico y estudiante de Derecho. Él ha tenido que hacer frente al mismo cambio constante. Desde la dirección médica del Hospital El Pilar —del grupo Quirónsalud, que estuvo asociado al Hospital de Sant Pau—, asegura que «el mayor reto ha sido gestionar el cambio radical que ha tenido que sufrir el centro: para hacernos cargo de la carga asistencial, hemos modificado todo lo que estaba relacionado con la cantidad, la organización y la capacitación del personal, y se han definido áreas asistenciales nuevas —UCI, urgencias, admisiones... con circuitos paralelos de pacientes con y sin COVID-19— y procesos nuevos. Todo, en un escenario de inseguridad e incertidumbre». Puede decir con orgullo que han dado más de 450 altas y que han atendido a más de cuarenta pacientes en la UCI.

El trabajo de Aida Parellada, trabajadora social y coordinadora del servicio de teleasistencia de la Diputación de Barcelona en L'Anoia, también ha sufrido un cambio, y ha pasado de hacer visitas domiciliarias a hacerlas por teléfono. «Al principio de la pandemia, encontramos casos de problemas para cubrir las necesidades básicas, sobre todo porque muchos de los usuarios quedaron aislados de sus familias. Actualmente hemos detectado muchos casos de "miedos emergentes", usuarios que no quieren salir de casa por miedo al contagio. También hay muchos casos de problemas cognitivos agravados por el hecho de que los usuarios no pueden asistir al centro de día», explica esta estudiante del máster universitario de Trabajo Social Sanitario. El día a día laboral cambia, pero el familiar también. Aida tiene un marido que ha trabajado fuera de casa y dos hijos de seis y cuatro años. «La conciliación ya era un reto muy complicado antes, y con la pandemia y los niños confinados en casa, me ha costado mucho encontrar el equilibrio entre llevar a cabo mi tarea diaria y estar pendiente de ellos. Además, en mi caso he recibido mucho apoyo de la maestra de mi hijo pequeño, pero el resto de escuela se han dedicado a exigir sin tener en cuenta los casos particulares, y eso me ha causado mucha angustia. Para los estudios, he tenido que aprovechar los momentos en que mi familia dormía o miraba la televisión. El hecho de estudiar en la UOC me ha facilitado acceder a los recursos necesarios para poder terminar el máster más o menos como lo tenía previsto», explica.

Jose Antonio lo ha vivido de forma diferente: «ha sido muy fácil, pero no es mérito mío, sino de mi familia. Con las tensiones del hospital, las jornadas interminables, sin días de descanso durante dos meses, llegar a casa y encontrar a mi mujer y a mis dos hijas esperándome siempre con una sonrisa y sin problemas ni necesidades... No tengo palabras. Gracias a mi mujer, siempre con una mirada cómplice, he hecho mejor mi trabajo y, sobre todo, sabiendo lo mucho que me gusta estudiar, me lo ha facilitado. Como decía mi madre, las carreras las hacemos entre todos», señala.

De alguna forma, María del Carmen Rodríguez, tutora del grado de Psicología y directora de un centro de psicología, estaba en el otro lado. En su familia hay profesionales sanitarios y ella ha visto que «lo han pasado muy mal. Pasaron por toda una montaña rusa de emociones; por ejemplo, los cambios constantes de protocolos. Ahora ya empezamos a saber muchas cosas, pero al principio todo era improvisado. Además, se sumaba el miedo de contagiarse y llegar a casa y contagiar a la familia, especialmente a la gente mayor, con quien solo podían contactar por teléfono. No sabían a qué se exponían. Se daban cuenta de que había pacientes que cambiaban a la posición de decúbito pero que no mejoraban el distrés respiratorio y entonces tenían que hacer cambios posturales, por lo que se necesitaban cinco personas. Se han vivido situaciones muy duras, como por ejemplo tener que estar ocho horas seguidas dentro de la UCI y no salir ni para ir al baño o beber agua para no tenerse que cambiar unos EPI que no existían», afirma.

Y a las ocho de la tarde, aplausos. «La ambivalencia de sentirse acompañados y al mismo tiempo observar perplejos como había gente que no hacía caso de las recomendaciones y se ponían en peligro a ellos mismos y al resto de personas» no ha sido fácil, señala esta psicóloga. «Lo que sí me consta es que se han quedado con la sensación de que han dado lo mejor de ellos mismos. Y tienen la sensación de que no podrían volver a hacerlo», añade.

Pese al recuerdo tan presente, hoy vivimos una etapa diferente. María del Carmen asegura que «por mucho que ahora lo llamen "nueva normalidad", es nueva, pero no es normalidad». Y, si tuviéramos que describir cómo se encuentran los médicos y los enfermeros, «sería con la metáfora de aquel atleta que estira el cuerpo en un último esfuerzo para llegar a la meta y termina desplomándose inmediatamente después de llegar. Ahora me consta que muchos de ellos todavía sufren estrés agudo y que otros tienen estrés postraumático, pero nadie habla del personal de limpieza de los hospitales o de los cuerpos de seguridad. Pienso que tendrían mucho que decir».

Como especialista, afirma que «será necesario tener muy en cuenta las agorafobias (por el confinamiento) y los cuadros de ansiedad, tanto por los efectos sanitarios como por la repercusión económica y social». Y para prepararnos, a escala institucional, María del Carmen recomienda «hacer una profunda reflexión de todo lo que ha pasado y llevar a cabo una tarea educativa. Desde el punto de vista sanitario, antes que nada está la prevención: quien tenga la información debe saber comunicarla. El exceso de información angustia a la gente, que necesita pautas claras y concretas». Y, a escala personal, «también debemos parar un momento y hacer una reflexión. Han sido tres meses, pero parece un instante, una pesadilla. Debemos hacer un poco de memoria y mirar qué hemos hecho y qué no hemos hecho durante estos meses, a fin de no repetir errores», afirma.

Quizás ha habido errores, pero también aprendizajes. «Algunos intentaremos retener al máximo lo que hemos vivido y que el recuerdo nos haga más fuertes para la próxima vez. Estamos perdiendo una oportunidad de oro para aprender, como sociedad y civilización. Considero que seguimos centrándonos en lo pequeño y local, mientras intentamos hacer frente a un acontecimiento que nos afecta a escala planetaria, aunque hemos aprendido con respecto a la gestión de crisis y la organización. Soy escéptico, pero aún tenemos que ver qué es lo que queda», señala Jose Antonio. En cuanto al ámbito profesional, «hemos tenido la oportunidad de poner en práctica lo que habíamos aprendido en los cursos que nos intentaban preparar para situaciones como la que hemos vivido. Claramente, lo que nos habíamos imaginado se ha visto superado por la realidad», añade. Sin embargo, este médico quiere compartir que, personalmente, se queda «con la toma de conciencia respecto a las capacidades humanas». «Si nos proponemos algo seriamente a escala individual y colectiva —por difícil y desagradable que sea—, si trabajamos de forma organizada, coordinada y dándolo todo individualmente, los resultados son mayores de lo que podíamos imaginar. He tomado conciencia de que muchas personas haciendo cosas pequeñas —y yo añadiría "de forma coordinada y organizada"— consiguen grandes cosas», concluye.

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