«Para favorecer un cambio de comportamiento necesitamos aplicaciones persuasivas y éticas»

 Manuel Armayones

Manuel Armayones es uno de los principales especialistas del Estado en diseño persuasivo en salud digital (foto: UOC)

27/01/2022
Teresa Bau
Manuel Armayones es director del Behavior Design Lab del grupo Psicología, Salud y Red (PSINET) del eHealth Center de la UOC y codirector de la Cátedra UOC-COCEMFE para la Autonomía Personal y la Salud Digital

 

La Organización Mundial de la Salud ha difundido recientemente la importancia de las ciencias del comportamiento (behavioral sciences) para abordar los problemas del mundo actual. El psicólogo e investigador de la Universitat Oberta de Catalunya Manuel Armayones es uno de los principales especialistas del Estado en diseño persuasivo en salud digital y es director del Behavior Design Lab del grupo Psicología, Salud y Red (PSINET) del eHealth Center de la UOC. También es codirector de la Cátedra UOC-COCEMFE para la Autonomía Personal y la Salud Digital, que acaba de cumplir un año de vida.

Hace un año de la creación de la Cátedra UOC-COCEMFE. ¿Cuáles han sido los principales hitos y retos con los que os habéis encontrado?

El trabajo realizado hasta ahora es muy positivo. Entre otros hitos, hemos avanzado en el estudio de la relación entre soledad y discapacidad, con un proyecto conjunto con el Instituto Municipal de Personas con Discapacidad. Hemos hecho una revisión sistemática de la literatura científica, la literatura gris (informes, tesis, documentos de administraciones) y las principales bases de datos, y observamos que es complejo abordar el fenómeno de la soledad no deseada, que, además, no se está midiendo de una forma sistemática. Si, además, le añadimos la variable discapacidad, nos encontramos con que en el colectivo de personas con discapacidad la percepción de soledad es mayor que en la población general.

¿Qué te motivó a impulsar la creación de esta cátedra?

El concepto autonomía personal se usa habitualmente en el movimiento de personas con discapacidad, pero nos dimos cuenta de que puede incluir cualquier ámbito: gente mayor, colectivos vulnerables... Toda la población aspira a ser tan autónoma como sea posible en su vida. El concepto impregna cualquier ámbito: la vivienda, el cuidado de la salud, los hábitos, la actividad laboral, las decisiones sobre nuestra vida y, en definitiva, aquello que nos hace miembros de una sociedad. Acotar este concepto es el reto principal que impulsó la creación de la cátedra de la UOC junto con COCEMFE. Es una herramienta de investigación para contribuir a dar respuesta a preguntas como por ejemplo: ¿hay una única dimensión de la autonomía personal? ¿La tecnología nos ayuda a ser más autónomos? ¿O tendríamos que ser más críticos, dado que a veces solo busca reducir costes? Un buen ejemplo de esto es cuando se cierran oficinas de banco y la gente mayor se ve obligada a utilizar cajeros con una narrativa de "modernidad", pero sin dar respuestas reales a quienes por cualquier motivo lo tienen más difícil para usar la tecnología.

De las seis iniciativas que os planteasteis al crear la cátedra, ¿cuáles son las que más se han consolidado?

Remarcaría dos: por un lado, el estudio sobre soledad y discapacidad, que este año se ha centrado en recopilar evidencia, y, por el otro, el trabajo realizado en la creación de hábitos saludables en el colectivo de personas con discapacidad. También hay que mencionar la colaboración con los Estudios de Economía y Empresa de la UOC en ámbitos como la accesibilidad y el turismo adaptado, con la idea de promover la accesibilidad universal para mejorar la autonomía personal.

¿La tecnología puede ser una solución para resolver el problema de la soledad en nuestra sociedad? 

La tecnología como tal no resuelve ni empeora nada; es la manera como la usamos. Con las profesoras Beni Gómez Zúñiga y Modesta Pousada, de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación, ya hemos puesto de manifiesto que el estudio de la soledad y el rol de la tecnología no es nada fácil. De una forma naíf podríamos pensar que generando más interacción social lo tendríamos resuelto, pero eso no vale para todo el mundo, ni siquiera parece que haya una relación directa. La tecnología solo es una herramienta. Son las personas quienes se sienten solas; este sentimiento subjetivo difícilmente se puede abordar de forma simplista. Para aliviar la soledad con la tecnología hace falta una visión muy amplia del fenómeno y ser capaces de generar escenarios para que cada persona use los recursos que le son útiles.

¿Cuál ha sido el impacto, hasta ahora, en la mejora de la autonomía de las personas a través de las tecnologías digitales? 

No me dejo impresionar por la tecnología si no permite hacer la vida más fácil a las personas y aumentar su autonomía personal. Un buen ejemplo de esta tecnología útil es el proyecto de la profesora Mònica Cerdán, de los Estudios de Economía y Empresa, que pone de manifiesto que, en el ámbito de la accesibilidad en el transporte público, el uso de aplicaciones móviles como NaviLens, desarrollada por el Laboratorio de Investigación en Visión Móvil, de la Universidad de Alicante, en colaboración con la empresa emergente Navilens, y adoptada en el transporte público de ciudades como Barcelona, es un gran ejemplo de iniciativa tecnológica que promueve la autonomía personal de las personas invidentes.

La actividad del Behavior Design Lab que diriges es trepidante. ¿Cómo explicarías el interés que despierta este tipo de investigación en la sociedad actual? 

Cada vez más hay la certeza de que, si no se tienen en cuenta las ciencias del comportamiento y específicamente la psicología, es realmente difícil poder abordar los retos de la sociedad que necesitan un cambio de comportamiento. El propio secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, publicó el año pasado una nota técnica sobre ciencias del comportamiento, en la que indicaba el enorme potencial que tienen para cumplir con los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) 2030 e instaba a instituciones y gobiernos a invertir para salvar las barreras y facilitar cambios en la sociedad. Nosotros creemos en este potencial y lo orientamos hacia investigación aplicada, sobre todo, al ámbito de la salud.

¿Cuál de los proyectos del Behavior Design Lab está más cerca de llegar a la clínica y beneficiar a los pacientes?

En estos momentos colaboramos con el Hospital Clínico de Barcelona y la Universidad de Twente en un proyecto para entender cómo la tecnología permite que los pacientes con dolencias crónicas cuiden de su salud. También estamos colaborando con la Unidad de Experiencia del Paciente del Clínico en el proyecto Clí-Nit, que se basa en técnicas de diseño del comportamiento con el objetivo de que los pacientes puedan dormir bien durante su estancia en el hospital. Poder descansar adecuadamente durante un ingreso tiene efectos evidentes sobre la calidad de vida de los pacientes.

También participamos en un proyecto de investigación con DKV Salud que estudia cómo conseguir la adherencia terapéutica en la dieta y el ejercicio en personas con sobrepeso u obesidad.

¿Qué tipo de intervenciones tecnológicas son más útiles para cambiar el comportamiento de las personas y mejorar su salud? 

Cada vez tenemos más claro que para favorecer un cambio de comportamiento necesitamos aplicaciones persuasivas, es decir, capaces de influir sobre actitudes, motivaciones y favorecer este cambio. Y hacerlo, además, desde la ética y el respeto a las personas. Una aplicación móvil ideal tendría que combinar elementos de diseño orientado al cambio de comportamiento —elementos de user experience (UX), de ludificación, etc.—, teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, una buena experiencia de usuario es una condición necesaria pero no suficiente para promover el cambio. En el caso de aplicaciones de promoción de la salud y hábitos saludables, los usuarios deben poder entender que detrás de la aplicación hay personas que les quieren ayudar y que usan la tecnología como una herramienta más, pero no siempre tiene que ser el centro de la intervención.

¿Qué tipo de aplicaciones móviles e intervenciones habéis desarrollado hasta ahora? 

Desde el Behavior Design Lab hemos llevado a cabo una intervención para adquirir hábitos saludables a través de un canal de Telegram, surgida en el marco de la Semana Saludable de la UOC en 2020. La intervención, basada en el fogg behavior model, fue todo un éxito, con un centenar de personas que nos dijeron que habían podido establecer nuevos hábitos saludables. También llevamos a cabo un proyecto para crear hábitos saludables entre personas con discapacidad, concretamente con COCEMFE Cataluña, que a estas alturas ya está en marcha.

¿Qué opinión te merecen las actuaciones con herramientas tecnológicas que llevan a cabo las organizaciones públicas para influir en los ciudadanos?

Creo que el abordaje de una pandemia como la que vivimos ha dado a las administraciones la posibilidad de recoger mucha información, que esperamos que progresivamente se pueda transformar en conocimiento. Ha habido aplicaciones que parecía que tendrían un rol central y, finalmente, no ha sido así —pienso en Radar COVID-19— y, en cambio, otras han sido adoptadas por muchas personas, por ejemplo, la aplicación para pedir cita para vacunarse. También me gustaría destacar el uso que muchos profesionales hacemos de grupos de mensajería instantánea como WhatsApp e Instagram para formarnos. 

Al final, utilizamos aquello que satisface nuestras necesidades o, dicho de otro modo, aquello que nos aporta valor.

La rápida evolución de la pandemia hace difícil realizar experimentos que permitan obtener información sobre, por ejemplo, el efecto que determinadas campañas en las redes sociales tienen en el comportamiento de los receptores. Habría que seguir el ejemplo de ciertos países que han desarrollado grupos específicos de trabajo para llevar a cabo investigación sobre cuestiones sociales relacionadas con la pandemia, como por ejemplo la relación entre el comportamiento individual y colectivo de protección ante el COVID-19 —el famoso "distancia, manos y mascarillas"—, para ver cuáles son las barreras y los facilitadores que encuentran las personas, y así poder dar apoyo científico a los que toman decisiones. 

Pongo siempre como ejemplo el Behavioural, Environmental, Social and SystemsInterventions (for pandemic preparedness)BESSI—, un grupo de trabajo internacional que genera evidencia para mejorar la capacidad de reacción de los gobiernos en los aspectos no médicos de una pandemia, que, sin duda, también tienen un rol central en la resolución de la crisis. 

Si algún día se consigue descubrir las claves para influir de forma clara en el comportamiento de las personas, será un hito trascendental. ¿Estamos cerca? 

Cada vez hay más modelos teóricos, grupos e investigadores que trabajamos en el diseño del comportamiento, la persuasión tecnológica y, en general, en cómo influir en el comportamiento de los demás. Pero hay que actuar con cuidado y, sobre todo, cumpliendo el código ético de cada profesión y de la investigación académica. La situación es muy diferente en las multinacionales, que saben perfectamente cómo modificar el comportamiento de millones de personas y, además, es público que lo hacen. Cuando millones de personas utilizamos diariamente aplicaciones como WhatsApp, Instagram o Twitter, sería muy inocente pensar que detrás no hay un equipo de persuasión tecnológica.

El mundo de la investigación es muy diferente. Sin embargo, nos interesa diseccionar qué principios usan estas empresas e intentarlos aplicar a la investigación de cuestiones como la adherencia terapéutica, el tabaquismo, la vacunación y, en general, los comportamientos saludables, siempre teniendo en cuenta la ética y los estándares científicos. Tenemos la suerte de que hay estudiantes de doctorado que hacen investigación con nosotros sobre este tema desde diferentes modelos teóricos.

Ahora que ya lleva unos meses, ¿puedes valorar el proyecto Somos científicos, en el que participas, para promover las vocaciones científicas entre los jóvenes?

Siempre es una buena oportunidad aprender cómo ven a los científicos los estudiantes de secundaria, algunos de los cuales serán los científicos del futuro. Que organizaciones del prestigio de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) te inviten a hablar a corazón abierto con los estudiantes ha sido una experiencia muy bonita. Me ha impresionado cómo tienen muy claras algunas cosas y, al mismo tiempo, el desconocimiento de otras. Había quien pensaba que un investigador es una especie de youtuber rico y famoso que va firmando autógrafos, mientras que otros creían que es incompatible hacer investigación y ganarse la vida. Todo ello hace pensar que, si no se le pone remedio, se pueden perder muchas vocaciones enfocadas a la investigación. Esto no se lo puede permitir ningún país, por lo que es muy bienvenida una actividad como Somos científicos, que da un empujón a los jóvenes que quieren dedicarse a la investigación.

Además de ser investigador, eres un gran divulgador y comunicador. ¿Qué les dirías a los científicos que no dan importancia a la divulgación de la ciencia?

Considero que transmitir a la ciudadanía —que, al fin y al cabo, paga nuestra investigación con sus impuestos— el trabajo que hacemos de la forma más fácil posible es muy recomendable. A veces, cuando haces divulgación y contrastas tus hallazgos con personas que viven con aquello de lo que tú haces investigación, te enseñan cosas que no puedes encontrar en los artículos científicos y te hacen cambiar la mirada, además de enseñarte cosas que no se encuentran en los libros. Más de una vez es una cura de humildad recomendable.

Para terminar, ¿qué le pides al 2022 como investigador en el campo de la salud digital?

Que se aproveche la situación de pandemia que vivimos para reforzar la investigación en todos los ámbitos, porque quizás por primera vez en la historia se han reunido científicos de todas las disciplinas y de todo el mundo para hacer investigación sobre un mismo tema, y todos han hecho aportaciones importantes. Pongo un ejemplo. No habría servido de nada desarrollar una vacuna si, desde las ciencias sociales y del comportamiento, no se consigue entender por qué algunas personas deciden no vacunarse. Es impresionante el esfuerzo por trabajar conjuntamente que se hace desde diferentes disciplinas. Me gustaría que, a raíz de esta pandemia, seamos mejores investigadores, más abiertos, transdisciplinarios y conscientes de que todos podemos aportar conocimiento para evitar sufrimiento.