«Es inaplazable abordar el debate sobre las formas de consumo desde una dimensión colectiva y heterogénea»

 Blanca Callén

Blanca Callén

10/03/2022
Andrea Romanos
Blanca Callén, profesora colaboradora de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC

 

La emergencia climática es uno de los retos globales más urgentes a los que se enfrenta el planeta, pero solo será posible hacerle frente si en los debates que surjan se introducen nuevas perspectivas que permitan abordarla de una manera integral. Es por ello por lo que la UOC, junto con la Sala Beckett, ha programado hasta el 3 de abril el ciclo "Planeta Persona. Los límites de la crisis climática", una actividad interdisciplinaria comisariada por el investigador principal del grupo CareNetIsrael Rodríguez-Giralt que busca estimular el pensamiento y la esperanza de que es posible reimaginar un planeta más habitable y compartido. Una de sus charlas tiene como invitada a Blanca Callén, profesora colaboradora de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC y una de las impulsoras del proyecto Restarters BCN, una asociación que quiere promover alternativas a la obsolescencia programada y fomentar la reapropiación de conocimientos tecnológicos. Hablamos con ella sobre las culturas materiales, las respuestas comunitarias y los planteamientos ecofeministas en un contexto de crisis climática.

¿En qué consiste el ciclo "Planeta Persona. Los límites de la crisis climática" y cuáles son los ángulos que quiere abordar?

El ciclo se organiza en torno a varios puntos clave. Tiene el objetivo de relacionar planteamientos o formas de análisis que habitualmente van por separado. Lo que se quiere es conectar diferentes maneras de aproximarse a la crisis climática y de actuar ante esta situación. Por eso, el propio ciclo incluye obras de teatro, charlas dramatizadas, debates, mesas redondas, etc. El marco de la propuesta es repensar los futuros y la vida común en un momento de crisis ecosocial. Se pretende reconsiderar cuáles serían los límites y las esperanzas de posibles futuros en un planeta finito, así como nuestra vida en común con otros seres. Se explorarán oportunidades de acción y formas de vida. El objetivo es buscar qué horizontes se pueden abrir en medio de todo esto.

¿Qué perspectivas se tratarán en la mesa redonda de la que formas parte, "Mundos en común"?

Lo que queremos explorar es cómo vivir con lo ajeno. Históricamente, lo que no es humano se ha mantenido alejado, extraño, fuera de nosotros, o nos hemos relacionado con ello desde el utilitarismo. La mesa propone reexaminar la ética de cómo nos relacionamos con lo que es más que humano. En el caso de Rocío Thovar, ella estudia la ética animal y el cambio climático, mientras que Paula Bruna, que es ambientóloga y artista, sugerirá el tema de cómo plantear regímenes de vida que pongan a las plantas en el centro. En mi caso, incorporo la mirada de lo que habitualmente se ha considerado como inerte: los objetos. El propósito de la mesa es fijar la vista sobre todo lo que ha quedado fuera de lo que es humano. Vivimos en relaciones de interdependencia, de ecodependencia mutua, y hay que proyectar futuros, formas de convivencia y una ética de relaciones que incluyan esta diversidad y heterogeneidad de entidades más allá de lo humano.

¿Piensas que cuando hablamos de la crisis climática somos demasiado antropocéntricos?

Sin duda, nos gusta mucho mirarnos el ombligo. Creemos que nuestro final como humanidad será el fin del mundo, y posiblemente no será así. Con toda seguridad, surgirán otros mundos donde no estaremos presentes, como tampoco lo estábamos hace millones de años. Es un error concentrarnos tanto en esta preocupación meramente humana, porque, además, es este antropocentrismo lo que, paradójicamente, nos ha llevado a la situación en la que nos encontramos. Debemos tener en cuenta las consecuencias de nuestras acciones, y a la vez poner en evidencia que el antropocentrismo es una falacia, un espejismo. Los seres humanos no nos sostenemos por nosotros mismos, porque somos dependientes de otros seres no humanos.

Cuando reflexionamos sobre lo que queda fuera de lo humano, es bastante común pensar en animales, plantas y otros seres vivos. Pero tú te especializas en objetos inertes, en elementos sin vida. ¿Por qué son importantes en la discusión y qué papel desempeñan en la crisis climática?

La parte clave de mi trabajo es exactamente poner en crisis y cuestionar la dicotomía entre lo que está vivo y lo que es inerte. Si establecemos una mirada un poco más profunda en el tiempo, seremos capaces de reconocer que lo que hoy consideramos inerte en realidad es el proceso resultante de elementos orgánicos y vivos. Por ejemplo, los plásticos de nuestros ordenadores proceden del petróleo, y el petróleo deriva de residuos vegetales y animales de hace millones de años. Por lo tanto, hay aspectos que debemos revisar, como por ejemplo la dimensión temporal o espacial que usamos. Cuando somos conscientes de que en realidad lo que consideramos como un objeto inerte no es más que la continuación de ciertos organismos que vivieron hace mucho tiempo, resulta mucho más evidente la conexión del presente con el pasado o el futuro, y, por lo tanto, nos permite tener una visión mucho más integradora de lo que somos y de lo que es el planeta. Esto también pone en crisis ciertas percepciones utilitaristas, que entienden que los objetos o las cosas son meros recursos para nuestro provecho o que podemos utilizar a nuestra voluntad.

En tu trabajo has reflexionado sobre el papel de los objetos en la vida social y te has interesado especialmente en temas como la basura electrónica. ¿Qué conclusiones has sacado de esta investigación?

Trabajé en un proyecto llamado "Políticas de la chatarra" que exploraba las respuestas informales por parte de la ciudadanía y algunas organizaciones al problema de la basura electrónica. Existe una serie de normativas que intentan regularla, pero con muchas deficiencias. El porcentaje de basura electrónica que se consigue reciclar es muy bajo comparado con la cantidad que generamos, y de hecho es el tipo de basura que más crece en los últimos años. Esto me sirvió, por ejemplo, para mapear e identificar diferentes iniciativas que, en diálogo con propuestas formales o con el sistema de recolección de residuos, podrían ayudar a hacer un tratamiento de los residuos mucho más eficiente, a reducirlos o incluso a sensibilizar a la población respecto a las formas de consumo. En otro proyecto en el que trabajé, denominado "Objections", exploramos cuáles eran los motivos y las condiciones que hacían que las personas se deshicieran de los objetos cotidianos. Intentamos definir por qué algunos vínculos con los objetos que forman el ecosistema de nuestro día a día fallan y por qué otros se mantienen. Y vimos como la posibilidad de rematerializar y de establecer relaciones significativas con los objetos que nos rodean puede contribuir a evitar la generación de más desechos y residuos.

¿Qué propone Restarters BCN y por qué es importante que la gente pueda encontrar alternativas, cuando se le rompe un objeto, a comprar uno nuevo?

Restarters BCN es el proyecto más práctico que surge a raíz de estar trabajando con la basura electrónica y las culturas de la reparación. Nos dedicamos a organizar lo que llamamos "restart parties", que son eventos públicos y gratuitos en los que voluntarios reparadores ayudan a los participantes a reparar sus propios aparatos. Como en los proyectos anteriores, en el fondo hay una pregunta ética sobre cómo vivir con otras entidades no humanas, en este caso objetos electrónicos, en un mundo finito y en crisis, para llegar a lugares más habitables. Reparar algo tiene un efecto inmediato en términos ambientales —¿qué cantidad de basura electrónica o emisiones de CO₂ conseguimos evitar?— y económicos, porque ahorramos dinero. Estos efectos son los más evidentes, pero hay muchos otros. Son encuentros pedagógicos y la gente aprende por qué una cosa se rompe, amplía sus conocimientos sobre el diseño y se generan relaciones de confianza y generosidad compartida que también restauran el tejido social y comunitario. Nuestro lema es que no solo reparamos los aparatos, sino también nuestra relación con ellos.

La mirada de tu trabajo parte también del ecofeminismo. ¿Cómo se introduce esta mirada cuando hablamos de lo inerte?

Se relaciona desde varios aspectos. Histórica y políticamente, tanto las mujeres como las tareas que hemos llevado a cabo hemos pertenecido a un tipo de esfera de lo ajeno, subalterno, sometido y no legitimado ni reconocido socialmente. Las feministas de la economía y de la ética de los cuidados hablan de la economía como un iceberg. En la punta —que es la parte visible— estarían los trabajos considerados productivos, reconocidos social y económicamente y llevados a cabo por figuras masculinas o masculinizadas. Pero para que esto sea sostenible, bajo el agua hay una enorme cantidad de trabajo no reconocido o no remunerado, realizado normalmente por mujeres, por figuras feminizadas o racializadas, etc. En el caso de lo inerte, forma parte de todo lo que no se quiere legitimar ni reconocer como agente, y que, sin embargo, es necesario para nuestra existencia y nuestra subsistencia. Para el sostenimiento de la vida es indispensable reconocer y poner en primera línea todas estas tareas y todos estos agentes invisibilizados.

Muchas de tus investigaciones se centran en proponer otros mundos y otros tipos de relaciones con nuestro entorno. ¿Qué otros mundos te imaginas o, cuando menos, qué debates sería interesante que se pusieran sobre la mesa?

En cuanto al tema de los objetos, creo que es inaplazable abordar el debate sobre las formas de consumo. ¿Qué consideramos necesario o suficiente para vivir? Creo que deberíamos plantearnos nuestras necesidades reales, y cuando tanteemos nuevas necesidades, no situar a los humanos o las vidas individuales en el centro. Hay que abordar estas preguntas desde una dimensión colectiva y heterogénea, e ir más allá de lo humano. Otra cuestión importante es repensar nuestros conocimientos respecto a lo material. Antes teníamos un mayor contacto con los procesos, las formas de producción y los materiales, y esto nos daba un conocimiento más sensible y rico del mundo que nos rodea. Ahora todo este conocimiento sensible y material está externalizado. No sabemos distinguir qué está bien hecho o mal hecho, qué es un buen tejido o un mal tejido, o cómo y en qué condiciones se ha producido una cosa. Es muy urgente y necesario aproximar más las acciones a las consecuencias que generan y responsabilizarnos de lo que hacemos.

Enlaces relacionados